Thursday, September 1, 2011

CD15: SLAN, DEAR EIRE




Cinco años, dos mudanzas y dos hijos en Irlanda merecen una buena crónica de clausura, pero ahora estoy sentada en un café al otro lado del mundo y las palabras se mezclan con un nudo en la garganta y ardor en el borde de los ojos.  La presión internacional para que publique estas crónicas ha sido abrumadora.  De corazón me encantaría decirles a todos que escribir para mí es un placer, un acto catártico, un ejercicio que me viene natural, pero no…  Me cuesta, le doy mil vueltas y (para risa de ciertos personajes) me autocuestiono cada regla gramatical.  Aparte, releyendo este blog desde sus orígenes, me he dado cuenta de que pusimos la barra muy alta.  Comenzó como algo casual, con posts de dos o tres líneas, pero poco a poco se convirtió en una especie de documento sociológico.  Ahora todo el mundo, cercano y no tanto, exige crónicas largas (con una buena dosis de drama y humor), con apoyo audiovisual y demás.  ¿No han oído hablar del terror ante la página en blanco?


La última vez que escribí en las Crónicas Dublinenses, tenía a Andrés recién nacido durmiendo a mi lado, con su carita enfurruñada y el cuarto impregnado a olor a bebé.  Tantas cosas han pasado desde entonces, que es difícil resumir aquí esos tres años…   Visitamos y fuimos visitados, conocimos lugares increíbles, nuestros niños empezaron a ir al cole y aprendieron inglés, nuestros hermanos se casaron y tuvieron hijos, Irlanda pasó de ser uno de los países más prósperos del mundo a estar estancado en la más feroz recesión, y un largo etcétera.


Y así, como si nada, el 25 de agosto nos despedimos de Dublín.  Camino al aeropuerto, Diego vio por la ventana un arcoíris y dijo: “Las nubes y el sol hicieron un arcoíris para despedirse de nosotros”.  Fue difícil no botar alguna lagrimita con el comentario.

 
Después de año y pico de incertidumbre, de no saber si nos quedábamos en Irlanda, si H cambiaba de trabajo, la crisis, el futuro, etc., la noticia de Tailandia llegó inesperadamente y desde ese momento todo fue vértigo.  Pero las mudanzas (físicas y metafísicas) siempre suelen ser así.  No se pueden planear con demasiada antelación.  Inevitablemente, hay asuntos que se tienen que cerrar la semana antes, el día antes.  Uno no puede empacar con semanas de anticipación.  Uno no puede quedarse sin teléfono, carro, luz por demasiado tiempo.  Y las despedidas prolongadas son simplemente insoportables e inhumanas.  Así que, dentro de la corredera, las cosas salieron bien.  Tuvimos tiempo de terminar todas las diligencias.  Nuestros amigos nos despidieron como sólo los buenos amigos pueden despedirlo a uno.  Lamento no poder haberlos visitado a todos (Reni, Andreja, Ana, los Geoghegans, los Mc Aonghusa, María Isabel).  No sé si echarle la culpa a la falta de tiempo y el exceso de diligencias, o a cierto mecanismo de defensa que dice “ya basta, ni una despedida más”.  


A estas alturas ya debería estar más que acostumbrada a decir adiós, a tener amigos a larga distancia.  A veces veo mi Home de Facebook y no deja de maravillarme leer estatus y mensajes en cuanto idioma existe.  Ver nombres criollos y extranjeros por igual.  Decir “Quito”, “Kuala Lumpur”, “Calgary” y poder poner una cara (¡o varias!) en cada sitio.  Es un privilegio.  Pero no deja de ser doloroso desprenderse de la cotidianidad.  Nuestro “círculo social” en Dublín nunca fue muy abultado, pero se sentía como familia, de esas con la que pasas un domingo cualquiera comiendo y echando cuentos.  Pero no quiero ser masoquista.  No quiero nombrar gente.  Todavía no es momento.


Sí quisiera, sin embargo, enumerar las cosas que ya sabemos que vamos a extrañar de Dublín.  Tonterías, rutina, cotidianidad.  Nuestro Dublín: Marlay Park y el mercadito de los sábados (Irish sausage rolls, aceitunas, las mejores fresas del mundo, kebabs y jugo de manzana).


St Edna’s y sus fuentes. 


El verde irlandés.


Las calles amplias (y las pequeñitas, con paredes de piedra y moho). El cole de los enanos y sus maestras maravillosas.

Mis queridos carniceros de Rosemount Meats. Ahmed el cajero de Lidl que me saluda en español y me pregunta por los niños.  La “montaña” y la colecta de frambuesas y moras.  


La muchacha sorda que atiende en el Starbucks de Dundrum y siempre me pregunta cómo va la barriga.  La señora de la farmacia que parece gemela de la mamá de Luis P. Lavar los platos viendo por la ventana de mi cocina (jardín, bosque, verde, zorros, magpies, gatos y demás). 


Llegar a todas partes en menos de 15 minutos. La vuelta diaria por la planta para que D y A vieran las mezcladoras en acción.  Penney’s y Next (por qué ocultarlo jeje). Halloween con los argentinos. 


Navidad con los Sánchez Rugeles-C. 


La nieve en invierno.


Los arcoíris súper intensos en medio de los cambios de humor del clima irlandés.


Aunque sea un cliché decirlo, lo cierto es que se cierra un capítulo.  Diego es la exacta medida de nuestra vida en Irlanda.  Cinco años y todo lo que viene con eso.  Ayer le preguntaron en el colegio nuevo de dónde era y él, sin pensarlo dos veces, dijo “Dublín”.  En la tarde, cuando lo fui a buscar, una maestra me dijo que otra muchacha irlandesa enseguida había pillado el acento del enano.  No sé qué recuerdos llegue a conservar de la ciudad donde nació (por la memoria de elefante que tiene, supongo que muchos), pero nosotros nos llevamos los mejores.  No fue fácil entrarles a los irlandeses desde el punto de vista social.  Son gente muy amable, muy cálida, pero no dejan que entres a su círculo tan fácilmente.  Tal vez nos fuimos justo en el punto de quiebre, cuando apenas empezábamos a hacer amigos locales.  A pesar de eso, si hoy alguien nos pregunta qué lugar del mundo pensamos sea ideal para hacer familia, diríamos “Irlanda”, sin duda.  Es lejos, es frío pero, al final, todo es relativo.  


Así que Slan, Eire.  Nos llevamos muchas cosas buenas, empezando por dos leprechauns hibérnico-tropicales.  Quién sabe… Así como las vueltas locas de la vida regresaron a una Egan a la isla tres generaciones más tarde, tal vez la suerte nos vuelva a poner ahí en el futuro.

C.




3 comments:

  1. Estas navidades no podrá ser, pero ¡el año que viene celebramos 24 y fin de año con ustedes!

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  2. Se me arrugó el corazoncito leyendo estas líneas pero todo cambio siempre es maravilloso. Les deseo lo mejor de las suertes y sobre todo de las experiencias en esta nueva etapa. Les envío un beso a cada uno. Gianna

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  3. Me fui en llanto, puro, dulce, muy avemundano pues... Te Quiero y leerte es hermoso, es duro, es agradable y siempre llega más allá... Mil besos a H y a los dos enanos preciosos... Pues nada mi Ceci querida, les deberé la visita a donde sea que estén... a ver si algún día la vida y el globo terráqueo nos empuja a un sofá o una mesa con un merengue ochentoso de fondo...
    Mucho éxito y salud!
    Mariana

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