Friday, January 10, 2014

PENSAMIENTOS AISLADOS

"El que no quiere a su patria es un miserable"

Crecí en casa de mis abuelos. Fui una niña feliz entre cuentos, rimas y comida andina. Jamás me levantaron la mano, pero uno de los golpes más fuertes que he recibido me lo dio mi abuelo la última vez que lo vi hace dos años. Me voló la cara con esa sentencia. Y, como es habitual cuando a uno le pegan, me produjo una mezcla de arrechera, indignación, culpa y, ultimadamente, auto-compasión. Al final, hice las paces con mi abuelo y conmigo misma. No quiero a mi patria. Es más, esa palabra me da alergia. Y sí, supongo que soy bien miserable. Mi desamor, mi rebelión, la profanación de la palabra sacra tienen un alto precio.

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"En español, niños. Es lo único que nos queda"

En mi casa, junto con el clásico "Mastica con la boca cerrada" o el "No le pegues a tu hermano", el tercer gran mantra es "En español". Lo repito, sin exageraciones, al menos unas 15 veces al día. Será obsesión de lingüista, será orgullo malsano, pero esos niños van a crecer siendo bilingües así deje medio estómago en el proceso. Hace unos días, sin embargo, mientras cocinaba y los escuchaba jugando Nintendo en el comedor, me sorprendí a mí misma diciéndoles "En español, niños. Es lo único que nos queda". No lo planeé, no lo pensé. Me salió directo del hígado y, junto con esas palabras, vino luego un chaparrón de lágrimas que tuve que esconder entre el paño de cocina y el calor de las ollas.

Nunca voy a dejar de ser venezolana. Siempre voy a comerme las eses, siempre voy a decir chévere, siempre voy a tener una obsesión antinatural por el plátano, y mi happy place siempre será esa esquina de Caracas en la que se ve El Ávila y Filas de Mariche, con el cielo azul-diciembre y la montaña morada. Pero más allá de eso (quimeras de mi memoria nostálgica), más allá de la religiosa arepa o cachapa semanal, ya de Venezuela me queda muy poco. La inconveniencia de tener que jalarle bolas al funcionario de turno en el consulado de turno para renovar el pasaporte, el dolor de los amigos y familiares que siguen allá y no puedo ver, el hueco en el estómago cada vez que leo una mala noticia. Más allá de eso, en mi casa sólo queda el español (el ejpañol, de hecho). Espero que algún día mis chamos entiendan la razón de mi sempiterno, obsesivo, persistente y monótono "En españooool".

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Mónica Spear y Agustín

A finales del 2006 mataron a mi "primo" Agustín. No era mi primo primo. Era el primo hermano de mis primos hermanos, que por virtud de venezolanismo puro y duro lo hace, efectivamente, mi primo. Nos veíamos poquísimo y habíamos perdido el contacto casi por completo; sin embargo, cuando me enteré de la noticia me sacudió como si hubiera sido mi propio hermano. No fui a su funeral. Para ese entonces ya había puesto un Atlántico de distancia entre Venezuela y yo. Creo, de hecho, que ni siquiera les di el pésame a su mamá ni a su hermana. Pero tengo que confesar que cada vez que me acuerdo de Agustín lloro por él, lloro por su mamá y lloro por todos nosotros, los malvivientes de mi generación.

¿Qué clase de anti-país, de vórtex del mal es Venezuela, donde una madre lo primero que piensa cuando su hijo no contesta el teléfono es "Hay que ir a buscarlo en Bello Monte"? Agustín, llámese también Mónica Spear, Thomas Berry, Fedor Vilachá, los hermanos Faddoul (o un etcétera de más de 120.000 nombres en 10 años) era un chamo normal, clase media, que andaba en un carro normal, clase media, y "le echaba un camión" todos los días, como suele hacer la clase media. Era un buen amigo y un buen hijo. Era una buena persona. Es más, coño, era una persona. ¿Qué clase de enfermedad moral ha infectado nuestra sociedad que hace que un ser humano agarre un arma, tantee el peso del hierro en la mano, le mande la señal eléctrica al cerebro y apriete el gatillo? A Agustín le dieron un tiro de gracia y lo dejaron tirado frente a la Iglesia de (chiste cósmico) San Agustín. Maldita sea. Como un perro. Y han pasado más de siete años y yo sigo con esa maraña de rabia que se aloja en la base de la garganta y hace que llore sin control cada vez que pienso en el miedo que debe haber sentido Agustín antes de morir. Maldita sea.

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Los huérfanos. Mae Sot, Caracas. La misma mierda

Hace unas semanas tuve una de esas experiencias que te cambian la vida. Movida por la iniciativa de mi amiga Lis (otra gocha, dicho sea de paso), visitamos un pueblo fronterizo llamado Mae Sot. La idea era llevar juguetes, ropa y material escolar a comunidades de desplazados birmanos, bajo la tutela de una ONG española llamada Colabora Birmania. Tengo dos o tres semanas tratando de dilucidar por qué el viaje me pegó tanto. Después de todo, yo vengo del tercer mundo. El paisaje desde la ventana de mi cuarto era Petare en pleno. Crecí agarrando monte con mis papás y viéndole la cara a la pobreza urbana y rural del país. Estudié en sitios donde se hacía el intento de sensibilizarnos socialmente. Pero Mae Sot me dio en la madre. Visitamos un colegio, una comunidad de trabajadores migratorios y un orfanato. En este último me desbaraté. Le pregunté a Carmen, una de las fundadoras de la ONG, si estos niños se podían adoptar. No, simple y llanamente. Porque no existen. No los quieren en Myanmar, no los quieren en Tailandia. No tienen pasaporte, no tienen estatus legal. La palabra abandono parece un piropo. No-existen. Y ahora, viéndolo con un poco de perspectiva, creo que fue el desamparo lo que me destruyó. La imposibilidad de salir del hueco porque el estamento completo les pone el pie encima. A estos niños ni la madre que los parió los quiso, el Estado bajo el que nacieron los desconoce, el Estado en el que viven los ignora. Suena dolorosamente familiar.

Entonces soy una miserable, tal como mi abuelo sentenció. Pero miserable en su acepción de "desdichada, infeliz". ¿Cómo puede ser feliz una persona desamparada, vulnerable, al antojo de fuerzas superiores e intocables (la impunidad, el crimen, la burocracia, el aislamiento social, la escasez. La imposibilidad)?  Chavistas más, opositores menos, los venezolanos nos hemos quedado huérfanos. Oportuna y triste metáfora, pensando en esa pobre niña a la que le acaban de arrebatar sus papás.

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Mi debate fue interno. No tuve estómago ni corazón para formular en voz alta mis argumentos. Mi abuelo, en ese entonces de 93 años, no merecía mis diatribas de amargura y desamor patrio. No puedo querer un sitio que me niega, en donde no tengo espacio, en donde no valgo nada. Las playas bonitas las encontraré en otras latitudes, a la gente "chévere" la conoceré en otros contextos, con otros acentos. Patria es palabra tabú en mi casa.

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De ahora en adelante, cuando les cante mi letanía cotidiana a los niños -en secreto, en murmullos, solo para mí- voy a añadir "En español, niños (por Agustín, por Mónica, por los huérfanos y los miserables)".



                                                                                    C. Egan
                                                                                    Bangkok, enero 2014

Thursday, September 1, 2011

CD15: SLAN, DEAR EIRE




Cinco años, dos mudanzas y dos hijos en Irlanda merecen una buena crónica de clausura, pero ahora estoy sentada en un café al otro lado del mundo y las palabras se mezclan con un nudo en la garganta y ardor en el borde de los ojos.  La presión internacional para que publique estas crónicas ha sido abrumadora.  De corazón me encantaría decirles a todos que escribir para mí es un placer, un acto catártico, un ejercicio que me viene natural, pero no…  Me cuesta, le doy mil vueltas y (para risa de ciertos personajes) me autocuestiono cada regla gramatical.  Aparte, releyendo este blog desde sus orígenes, me he dado cuenta de que pusimos la barra muy alta.  Comenzó como algo casual, con posts de dos o tres líneas, pero poco a poco se convirtió en una especie de documento sociológico.  Ahora todo el mundo, cercano y no tanto, exige crónicas largas (con una buena dosis de drama y humor), con apoyo audiovisual y demás.  ¿No han oído hablar del terror ante la página en blanco?


La última vez que escribí en las Crónicas Dublinenses, tenía a Andrés recién nacido durmiendo a mi lado, con su carita enfurruñada y el cuarto impregnado a olor a bebé.  Tantas cosas han pasado desde entonces, que es difícil resumir aquí esos tres años…   Visitamos y fuimos visitados, conocimos lugares increíbles, nuestros niños empezaron a ir al cole y aprendieron inglés, nuestros hermanos se casaron y tuvieron hijos, Irlanda pasó de ser uno de los países más prósperos del mundo a estar estancado en la más feroz recesión, y un largo etcétera.


Y así, como si nada, el 25 de agosto nos despedimos de Dublín.  Camino al aeropuerto, Diego vio por la ventana un arcoíris y dijo: “Las nubes y el sol hicieron un arcoíris para despedirse de nosotros”.  Fue difícil no botar alguna lagrimita con el comentario.

 
Después de año y pico de incertidumbre, de no saber si nos quedábamos en Irlanda, si H cambiaba de trabajo, la crisis, el futuro, etc., la noticia de Tailandia llegó inesperadamente y desde ese momento todo fue vértigo.  Pero las mudanzas (físicas y metafísicas) siempre suelen ser así.  No se pueden planear con demasiada antelación.  Inevitablemente, hay asuntos que se tienen que cerrar la semana antes, el día antes.  Uno no puede empacar con semanas de anticipación.  Uno no puede quedarse sin teléfono, carro, luz por demasiado tiempo.  Y las despedidas prolongadas son simplemente insoportables e inhumanas.  Así que, dentro de la corredera, las cosas salieron bien.  Tuvimos tiempo de terminar todas las diligencias.  Nuestros amigos nos despidieron como sólo los buenos amigos pueden despedirlo a uno.  Lamento no poder haberlos visitado a todos (Reni, Andreja, Ana, los Geoghegans, los Mc Aonghusa, María Isabel).  No sé si echarle la culpa a la falta de tiempo y el exceso de diligencias, o a cierto mecanismo de defensa que dice “ya basta, ni una despedida más”.  


A estas alturas ya debería estar más que acostumbrada a decir adiós, a tener amigos a larga distancia.  A veces veo mi Home de Facebook y no deja de maravillarme leer estatus y mensajes en cuanto idioma existe.  Ver nombres criollos y extranjeros por igual.  Decir “Quito”, “Kuala Lumpur”, “Calgary” y poder poner una cara (¡o varias!) en cada sitio.  Es un privilegio.  Pero no deja de ser doloroso desprenderse de la cotidianidad.  Nuestro “círculo social” en Dublín nunca fue muy abultado, pero se sentía como familia, de esas con la que pasas un domingo cualquiera comiendo y echando cuentos.  Pero no quiero ser masoquista.  No quiero nombrar gente.  Todavía no es momento.


Sí quisiera, sin embargo, enumerar las cosas que ya sabemos que vamos a extrañar de Dublín.  Tonterías, rutina, cotidianidad.  Nuestro Dublín: Marlay Park y el mercadito de los sábados (Irish sausage rolls, aceitunas, las mejores fresas del mundo, kebabs y jugo de manzana).


St Edna’s y sus fuentes. 


El verde irlandés.


Las calles amplias (y las pequeñitas, con paredes de piedra y moho). El cole de los enanos y sus maestras maravillosas.

Mis queridos carniceros de Rosemount Meats. Ahmed el cajero de Lidl que me saluda en español y me pregunta por los niños.  La “montaña” y la colecta de frambuesas y moras.  


La muchacha sorda que atiende en el Starbucks de Dundrum y siempre me pregunta cómo va la barriga.  La señora de la farmacia que parece gemela de la mamá de Luis P. Lavar los platos viendo por la ventana de mi cocina (jardín, bosque, verde, zorros, magpies, gatos y demás). 


Llegar a todas partes en menos de 15 minutos. La vuelta diaria por la planta para que D y A vieran las mezcladoras en acción.  Penney’s y Next (por qué ocultarlo jeje). Halloween con los argentinos. 


Navidad con los Sánchez Rugeles-C. 


La nieve en invierno.


Los arcoíris súper intensos en medio de los cambios de humor del clima irlandés.


Aunque sea un cliché decirlo, lo cierto es que se cierra un capítulo.  Diego es la exacta medida de nuestra vida en Irlanda.  Cinco años y todo lo que viene con eso.  Ayer le preguntaron en el colegio nuevo de dónde era y él, sin pensarlo dos veces, dijo “Dublín”.  En la tarde, cuando lo fui a buscar, una maestra me dijo que otra muchacha irlandesa enseguida había pillado el acento del enano.  No sé qué recuerdos llegue a conservar de la ciudad donde nació (por la memoria de elefante que tiene, supongo que muchos), pero nosotros nos llevamos los mejores.  No fue fácil entrarles a los irlandeses desde el punto de vista social.  Son gente muy amable, muy cálida, pero no dejan que entres a su círculo tan fácilmente.  Tal vez nos fuimos justo en el punto de quiebre, cuando apenas empezábamos a hacer amigos locales.  A pesar de eso, si hoy alguien nos pregunta qué lugar del mundo pensamos sea ideal para hacer familia, diríamos “Irlanda”, sin duda.  Es lejos, es frío pero, al final, todo es relativo.  


Así que Slan, Eire.  Nos llevamos muchas cosas buenas, empezando por dos leprechauns hibérnico-tropicales.  Quién sabe… Así como las vueltas locas de la vida regresaron a una Egan a la isla tres generaciones más tarde, tal vez la suerte nos vuelva a poner ahí en el futuro.

C.




Tuesday, August 30, 2011

LIUBLIANA, EL FIN DEL EXILIO

Esta reseñita de la más reciente novela de Eduardo fue publicada en PRODAVINCI a finales de julio. Aquí se las copio:

[Foto tomada por Gloria E. Cedeño]

Caracas se ama y se odia. Se desprecia y se necesita. Para todos los que hemos acariciado la idea de largarnos, de buscar un espacio, de huirle a la agobiante memoria de tiempos mejores; para todos los que hemos crecido con una dependencia casi patológica por ese lugar de caos que nos malcrió, por la montaña, por las calles de una ciudad sin sintaxis; para todos aquellos que nacimos en los 70, la última novela de Eduardo Sánchez Rugeles, Liubliana, es lectura obligada.

Gabriel Guerrero, el protagonista, encierra los complejos y virtudes del treintón caraqueño. Sus dudas, su desarraigo, su sentido del amor y de la amistad, sus añoranzas no son más que la historia de cualquiera de nosotros. La voz de Guerrero se escinde en tres lugares y tres tiempos. Madrid sólo empeora su condición de hombre sin rumbo, pero el exilio no sólo se limita a huirle a Caracas. El presente también se exilia en la memoria, que refresca y entumece a la vez. Y cuando el pasado no es suficiente, cuando la imagen de una Caracas cándida se desvanece a medida que el niño se vuelve adulto, Liubliana se convierte en el lugar donde confluyen las esperanzas de un futuro que parece no llegar jamás.

Santa Mónica, el epicentro de la novela, se revela como un ente vivo que plasma el paso del tiempo. La ciudad cobra vida (y también cobra muerte). Es casa, luego cárcel. Santa Mónica se construye y deconstruye a la par de los personajes que están inexorablemente ligados a sus calles y edificios.

Con esta novela, Sánchez dice cerrar su “tríptico del exilio”. Liubliana tiene, sin duda, rasgos que ya hemos visto en sus previas novelas. Como en Blue Label / Etiqueta Azul, la música está presente en cada página. No sólo es soundtrack sino también ritmo narrativo y personaje. Así como Bob Dylan acompaña a Eugenia Blanc y Luis Tévez en su viaje por Venezuela, en este caso es Joaquín Sabina el que mezcla su voz con la de Gabriel Guerrero y Carla Ramírez. Por otra parte, en Liubliana Sánchez continúa jugando con la tensión narrativa de la novela negra, tal como lo hace en Transilvania Unplugged. Las intrigas de las ONG se entretejen con la historia de (des)amor de los personajes en España, Venezuela y Eslovenia. Pero hay mucho más: matices de novela decimonónica, crónica de ciudad, erotismo y crítica sociológica descarnada.

Liubliana es una de esas lecturas que deja el cuerpo maltrecho, que golpea el ego y queda haciendo eco en la cabeza tiempo después de haber pasado la última página. El tema es local, íntimo, pero hay algo en la escritura de Sánchez Rugeles que repercute en todos los ámbitos. No es casualidad que, a pesar de estar escrita en venezolano, esta novela haya ganado el Premio Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz 2011, en México. El desarraigo parece ser un mal global, así como también lo es el desfase generacional, los sueños truncados por una sociedad que exige y al mismo tiempo abandona. Liubliana es una crónica del desencanto, pero no deja de tener un atisbo esperanzador: la amistad humaniza y prevalece. En ese sentido, la universalidad del tema se impone y nos da a todos en el hígado, caraqueños o mexicanos, treintotes o cincuentones por igual.

[Foto robada de esta página]

Wednesday, August 18, 2010

IN MEMORIAM


A la madre Tomasa Martínez

El mechón de pelo liso y negrísimo (con alguna cana impertinente) desafía la gravedad y se columpia de un lado a otro sin terminar de soltarse de las amarras del velo. Las carcajadas de mezzosoprano resuenan en las paredes de baldosas verdes. Los ojos negros presionan e interrogan, pero sin malicia, sin aterrorizar. Su figura es pequeña pero imponente. El olor del hábito (talco, naftalina) se queda como estela en el aire. 
 
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y esquiva,
érase un peje espada muy barbado.

* * *

¿Cuál es el primer recuerdo que tengo de Tomasita? Estoy segura de que es alguna imagen borrosa de ella junto con Adita dictándonos esas palabras tipo “ascensor”, “piscina”, que formaban parte de las pruebas de Pedagogía de primaria. Aunque estoy convencida de que estos son mis recuerdos más antiguos, el que se me antoja primero es el de un día de clase en séptimo grado “B” (año 1992). Algún profesor estaba enfermo y ella le hacía la suplencia. Nos leyó “Oda a la cebolla”.
 
Cebolla
luminosa redoma,
pétalo a pétalo
se formó tu hermosura,
escamas de cristal te acrecentaron
y en el secreto de la tierra oscura
se redondeó tu vientre de rocío.

* * *

No le gusta la tarima del salón. La distancia –física, catedrática– no va con su estilo. Usa poco el pizarrón. Su instrumento es la voz y la imaginación. Se desliza entre los pupitres, rozando con el hábito y con sus palabras a cada alumna.
 
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis 

Yo nunca le veo la cara. Paso la clase entera escuchando sus manos, regordetas y pequeñas, pero con dedos finísimos. Las manos proclaman, estallan, son abanicos, son montañas, pueblos y naciones.
 
¡Fuenteovejuna, todos a una!
La vida es sueño y los sueños, sueños son.
La llanura es bella y terrible a la vez…

* * *

A diferencia de Ceci, yo sí le veo la cara. Mis ojos desbordan emoción, asombro, ingenuidad ante lo desconocido, ansiedad por un mundo todavía ajeno. Ella se topa con mi mirada y me responde. No miento si digo que desde entonces esos ojos negros se hicieron cómplices de los míos. Ese día comenzó una conversación silenciosa que se mantuvo a lo largo de los años.

* * *

En la vida de un lector hay textos y personajes que marcan para siempre. Curiosamente, no todos los personajes están dentro de los textos. Muchos años después me encontré a mí misma en ese mismo salón de baldosas verdes recitando, con cierto temblor en la voz, esas palabras que determinaron el curso de mi vida académica. Yo sí usaba la tarima. No tenía (aún no tengo) esa presencia de los verdaderos maestros. La confianza en mis palabras no me daba para bajar el escalón y seguir estando elevada del resto.

En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al mundo por sus extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis amigos. Presidía nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar como una niña golosa un terrón de azúcar húmedo, blanco, entre las yemas sonrosadas. Era la hora del chartreuse. Se veía en los cristales de la mesa como una disolución de piedras preciosas, y a la luz de los candelabros se descomponía en las copas medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura del borgoña, del oro hirviente del Champaña, de las líquidas esmeraldas de la menta.

Estando en la otra orilla, como alumna, la mañana en que Rubén Darío se hizo con la garganta de Tomasita y declamó el primer párrafo de “La ninfa”, supe inequívocamente que iba a estudiar Letras.

Hace poco más de un mes se lo hice saber. Parca en la expresión, pero apenas pudiendo contener una sonrisa, sólo me contesto: “Ah, pues si no me lo dices ni me entero”. Lo que no tuve el estómago de confesarle es que no estudié Letras sólo por las palabras, las historias, las novelas. Estudié Letras para poder hacer lo que ella hacía. Bajo riesgo de tornar esta crónica de la memoria en un artículo new age, voy a escribir la palabra temida: inspirar. 

* * *

Sabía que quería estudiar Letras. Las clases de Castellano en bachillerato eran momentos de placer. Cada libro era un reto, una aventura. Personajes, historias, palabras, argumentos. Ansiaba llegar a cuarto año. Me faltaba mucho por leer (me falta mucho por leer).

Mientras escribo, pasan por mi cabeza miles de escenas de mi cuarto y quinto año. Tomasita entre los pupitres leyendo algún fragmento. Tomasita entre los pupitres repartiendo hojas multigrafiadas (visualizo perfectamente la copia que nos dio de La primera taza de café en el valle de Caracas, de Arístides Rojas). Tomasita entre los pupitres mientras escucha nuestras voces que reproducen alguna obra de teatro (El sí de las niñas, de Moratín). Tomasita entre los pupitres explicándonos la primera redacción que tenemos que escribir (tema: el paraguas).

* * *

Algunos años después, recuerdo que estaba cenando en McDonald’s con un amigo después de salir de clases. Sonó el celular, pero no reconocí el número. ¿Cecilia? ¿Cómo te va? Es Tomasita. Me contó que la transferían, que no estaba feliz con el cambio, que dejar de dar clases era un gran sacrificio, pero con su estoicismo habitual le dio un manotón al guayabo y me pidió que tomara sus clases de cuarto año. Creo que las rodillas no dejaron de temblarme por varios meses. Pararse frente a un salón de adolescentes no requiere más que un poco de valentía, pero pararse a dar clases, a influir de algún modo en la formación del grupo, a exponer las vulnerabilidades de ambas partes, eso ya es otra historia. Hay que ser una especie de adrenaline junkie, de kamikaze o de lunático. Para colmo, me tocaba llenar unos zapatos que me quedaban enormes. Pero no pude decir que no…

Más allá de las dificultades habituales de enseñar en bachillerato, algo que no me esperaba era la resistencia al placer. Al placer de las palabras, claro está. Al arrebato que se puede llegar a sentir al leer una historia, un poema. Me di portazo tras portazo con mis alumnas. Dar clases se convertía, por momentos, en una negociación, en una campaña publicitaria, en un acto de malabarismo. Pero también hubo momentos de epifanía: preguntas inteligentes y desarmantes, cuentos hermosos, palabras de agradecimiento, camaradería. No sé si ese año llegué a “inspirar”, pero definitivamente salí inspirada. Una vez más, mi maestra me había dado una lección de vida.

* * *

Hoy en día la muerte se anuncia por Facebook y Blackberry. Hoy me enteré de que mi mentora había muerto. Hace poco más de un mes, conversando casi a gritos e interrumpidas por un chaparrón de esos que sólo caen en el trópico, nos despedimos de ella con la secreta convicción de que se iba a recuperar. Nos dijo que estaba dejando todo en orden. Sus cosas en la dirección del colegio, su cuarto atestado de libros. Su corazón ya estaba en orden. Salí de ese lugar que es tan mío, el colegio, con un nudo en la garganta. Las despedidas son despiadadas.

* * *

Han pasado más de diez años. Estoy de visita en Caracas. Sé de la enfermedad de Tomasita. Ceci me avisa que está en el colegio. No puedo dejarlo pasar. Y allí estamos, conversando casi a gritos e interrumpidas por un chaparrón de esos que sólo caen en el trópico. Ella está igual, un poco hinchada, pero con la misma mirada de siempre. Nos escucha, la escuchamos. No sé si ella sintió lo mismo que yo, tampoco sé si Ceci sintió lo mismo que yo. Tres cómplices de las letras. Tres personajes de una misma historia. Distintos argumentos. Una misma pasión.

* * *

En un balance final, supongo que muchas de las que estudiaron conmigo también fueron tapias, más que alumnas. Sin embargo, estoy segura de que todas recuerdan con cariño a esa anti-monja que nos mandaba a escribir cuentos, que refunfuñaba cuando perdíamos horas de clase en misa, que recitaba a Sor Juana Inés de la Cruz con los ojos entrecerrados, que se convertía en verdugo cuando había mala ortografía.

Hay gente a quien se le hace fácil y natural enseñar; otros tienen que sudarlo. Me incluyo en este último gremio; sin embargo, rememorando el vértigo que sentí en el estómago aquella mañana en que la escuché recitar a Rubén Darío, sigo irremediablemente atada a ese compromiso que es la docencia y a ese placer que es la palabra escrita, con la esperanza de que alguna vez le llegue a alguien del modo en que Tomasita me llegó a mí.

* * *

Nunca fui una alumna de veintes, pero creo que ella veía en mis ojos la necesidad de su reconocimiento. Y sin duda lo tuve. Muy a su manera, con su apoyo al grupo de teatro Terminus, con sus miradas cómplices esperando la respuesta acertada en alguna intervención en clases, con su saludo cariñoso, con sus consejos, con sus recomendaciones, con sus confesiones, Tomasita me hizo saber que estaba orgullosa.

Tomasita está sentada en la mesa de los profesores, mientras el salón entero completa uno de sus exigentes exámenes. Escribo, escribo, escribo. Las palabras saltan a la página en blanco. Debo responder todas las preguntas, tengo que saciar mi necesidad de demostrar todo lo que la literatura me da. Ella lo sabe, está ahí, sigue ahí.

* * *

Está lloviendo en Dublín. Es un día triste. De pronto he recordado un poema que siempre recita mi abuelo. Se me ocurre que Tagore lo escribió para Tomasita:

El último viaje 

Sé que en la tarde de un día cualquiera
el sol me dirá su último adiós,
con su mano ya violeta,
desde el recodo de occidente.

Como siempre habré musitado una canción,
habré mirado a una muchacha,
habré visto el cielo con nubes
a través del árbol que se asoma a mi ventana.

Los pastores tocarán sus flautas
a la sombra de las higueras,
los corderos triscarán en la verde ladera
que cae suavemente hacía el río;
el humo subirá sobre la casa de mi vecino...

Y no sabré que es por última vez...

Pero te ruego, Señor: ¿podría saber antes de abandonarla,
por qué esta tierra me tuvo entre sus brazos?
Y, ¿qué me quiso decir la noche con sus estrellas?
Y mi corazón, ¿qué me quiso decir mi corazón?

Antes de partir, quiero demorarme un momento, con el pie en el estribo,
para acabar la melodía que vine a cantar.
¡Quiero que la lámpara esté encendida para ver tu rostro, Señor!
Y quiero un ramo de flores para llevártelo, Señor,
sencillamente.

* * *

Hoy en Madrid ha sido un día caluroso. El sol reina sobre un cielo azul sin nubes. Me entero por un mensaje de Ceci que Tomasita descansa en paz. No puedo dejar de pensar en ella. No puedo evitar que en mi mente se reproduzcan, como escenas de una película, líneas enteras de los libros que leímos con ella. No puedo dejar de pensar en lo afortunada que he sido. Doy las gracias.

Está anocheciendo. Mi habitación me recuerda la descripción que Tomasita nos hizo de la suya. Una cama y libros, libros, libros. No sé si algún día llegue a marcar la vida de alguien como ella marcó la nuestra. Me conformo con saber que tuve el placer de conocerla, de ser parte de su historia, de ser un personaje más. Me conformo con cumplir día a día con mi trabajo de editora de textos. Sé que de esta manera estaré homenajeándola todos los días, porque cada vez que me enfrento a un texto, cada vez que corrijo, Tomasita está ahí, a mi lado. La de hoy es una escena triste pero la obra, como siempre, debe continuar.


Beatriz Castro y C. Egan
Madrid / Dublín, julio de 2010
Artículo original en ReLectura.
Fotos robadas del grupo de exalumnas de FB.

Tuesday, August 17, 2010

MAÑAS FAMILIARES


Abuelo, ¿puedo leer ese? 
No, hija, usted todavía está muy pequeña.


La biblioteca del abuelo está en el sótano de la casa. Toda la parte de abajo es un bloque amarillo que va de punta a punta (su colección de National Geographics). Cuando tenía 11 años, haciendo acrobacias para llegar a los estantes más altos, una carátula me llamó la atención. Tenía una pintura dramática. Un tipo absolutamente abatido, abrazado a un viejo miserable.

A pesar de la negativa, la novela apareció al alcance de la mano sobre su baúl un par de horas más tarde. No sé si lo hizo a propósito, pero ese libro “al descuido” era una invitación a transgredir. Era El conde de Montecristo. Dos tomos. Recuerdo que era una edición Oveja Negra barata (había páginas repetidas, otras pegadas), pero también recuerdo que pasé días encerrada en el sótano leyendo sin parar, casi sin respirar. El abuelo parecía indiferente ante el hecho de que el libro ya no estuviera sobre el baúl, y como la transgresión no es tal si la figura de autoridad no la descubre (y reconoce), me le planté en frente y se lo devolví en la mano. "Ya me lo terminé". "¿Y qué le pareció?" "Buenísimo... Sí lo entendí todo". El abuelo sonrió y siguió leyendo.   

*   *   *

Esta vez no quiero hacer ninguna anti-reseña, ni despotricar sobre mi falta de tiempo para la lectura.  En esta ocasión quisiera hablar de mis abuelos.
Me he preguntado una y otra vez si el gusto por la lectura es una predisposición, como la que uno puede tener para desarrollar miopía o mala dentadura. O si es un hábito que se fomenta por imitación y repetición. O una mezcla de las dos cosas. Supongo que debe haber batallones de eruditos estudiando esto, buscando métodos más efectivos para promover la lectura, tratando de convencer a los descreídos de que un libro es mejor que la televisión. A mí este asunto nunca me preocupó porque yo crecí leyendo. Nunca fue una imposición ni nadie tuvo que hacer un esfuerzo consciente para que me gustara. O al menos eso es lo que yo creí hasta que fui mamá. Ahora me la paso pensando cómo hacer para que mis niños lean. Ahora, por primera vez, me detengo a pensar qué tuvo de particular mi niñez como para que la lectura fuera algo natural.
Cuando pienso en literatura, en el concepto como tal, la imagen que me viene a la cabeza es la de mi abuelo sentado en su sillón, con una radio viejísima color verde militar a su lado, escuchando Radio Nacional. Un libro en la mano y otro sobre el baúl. Pero para mí la literatura no entró solamente por los ojos sino, principalmente, por los oídos. 
Cuando era pequeña, lo que más me gustaba de los fines de semana era quedarme a dormir en casa de los abuelos. La abuela, criatura noctámbula, se sentaba en la orilla de mi cama y podía pasar horas haciéndome cariños en la cabeza mientras me contaba historias boconesas, declamando árboles genealógicos completos (los Matera, los Sardi, los Miliani, los Pino, los Bocaranda, los Anselmi, los Iturrieta, los Dubuc, los Briceño, los Ruiz, los Azuaje…) Historias con monjas buenas, tíos escondiéndose de los gomecistas, nonnas italianas, serenatas, cocinas de fogón y cuestas empinadas. 

Es que la memoria es otro miembro de la familia. Yo nunca reparé en esto –tan normal era andar en la casa aprendiendo poemas, retahílas y juegos de palabras. Recuerdo que mi hermano, apenas aprendiendo a hablar, ya se sabía “Las lombricitas”, de Aquiles Nazoa. Pero esto no es extraño. Yo no conozco a abuelo desmemoriado (más allá del Alzheimer y otras vilezas de la vejez). Mi abuela es capaz de recitar algo que aprendió en el colegio hace más de setenta años, como si lo hubiera estudiado ayer (los afluentes del Orinoco, por ejemplo, es uno de sus clásicos). Ellos vienen de una generación oral. Las noticias, si no eran de boca en boca, se escuchaban en la radio. El estudio entraba por memorización y repetición. La poesía era parte de la cotidianidad, como lo era comer o trabajar (me estoy poniendo romántica y estoy lamentando haber usado tanto pizarrón y power point dando clases…)
La avidez de aprender, algo que el abuelo no ha perdido a sus 92 años, se podía satisfacer por los oídos. Hasta hace no mucho, el viejo hacía represas. Pasaba meses (años, en realidad) durmiendo en campamentos, metido en un monte sin más distracciones que sus libros y sus cursos de ruso por cassette. La época del email, Rosetta Stone y televisión por cable estaba a años luz. Todo esto me lleva a pensar en el gusto por la literatura como materialización de la palabra dicha. Hoy en día, por el contrario, ya no se le tiene fe a la palabra. Si no viene acompañada por una imagen, la pobre vale muy poco.  
Y palabras es lo que abunda en esa casa, aunque el abuelo es parco en su crítica literaria. Parco, pero despiadado. Hace poco le presté El hombre solo, de Bernardo Atxaga. Al día siguiente me dijo indignado que no le prestara más libros de ese estilo. Le di, entonces, Soldados de Salamina. Misma historia: no quería leer más sobre la Guerra Civil. "¿Pero te los terminaste?" "Claro", me respondió casi ofendido. El abuelo es difícil de complacer. Borges, "ese muchacho", no le disgusta. Travesuras de la niña mala le entretuvo ("ese peruano es una cosa seria, hija"). El abuelo es un duro; lo suyo son los rusos y los clásicos. Estoy segura de que si él escribiera un libro, sería algo tipo El puente sobre el Drina. Mi abuela, por su parte, haría algo como Memorias de Mamá Blanca.
*   *   *

Ya estoy en mis treintas y mis abuelos siguen vivos. Soy así de afortunada. El abuelo se queja de que ya no le funciona la memoria como antes. Cinco minutos después, recita tres páginas seguidas de El reino de este mundo o del Quijote, o algún poema de Rabindranath Tagore. O detalla algo que le pasó en los años 40 con el mismo fervor como si le hubiera ocurrido diez minutos atrás. Su fórmula mágica para iniciar los relatos –para invocar a las musas, para convocar a su audiencia– no es “érase una vez”, sino “yo conocí a un ingeniero”. Nosotros crecimos con estos cuentos.
García Márquez no inventó nada nuevo. En la adolescencia, hablando con unas amigas turca y albanesa, descubrí que su libro favorito era Cien años de soledad. Les encantaba lo “fantasioso” de la novela. Levanté una ceja y les pregunté a qué se referían. En mi cabeza latinoamericana, cada anécdota de ese libro era completamente factible. Me consta. Algún cuento parecido le escuché a la abuela seguramente. Lo valioso, al menos en mi ingenua capacidad crítica, era cómo García Márquez había logrado entretejer un corpus de historias tan familiares para todos aquellos que hemos tenido la suerte de crecer con nuestros abuelos.

Pensando en retrospectiva, ahora me doy cuenta de que mi trabajo con los niños es evocar, narrar, desarrollar el gusto por la anécdota cotidiana, por el efecto mágico de la palabra (primero oral, luego escrita). No hace falta contar peripecias, historias asombrosas o macabras, mucho menos embutirlas de moraleja. Simplemente acostumbrarlos a escuchar, invitarlos a participar en la historia. Rescatar el valor de la palabra.
No hay fórmula garantizada, claro está. Es curioso que de los cinco hijos de los abuelos, sólo una es lectora asidua. De los cuatro nietos que nos criamos con ellos, tres somos lectores y otro no. Vuelven las dudas: lo innato vs. lo adquirido. No me voy a arriesgar y dejarlo todo en manos de la biología. Voy a hacerle caso al Padre Tejedor y dedicarle unos minutos al día a ejercitar la lengua y la memoria:
En el viaje al aprendizaje
la voluntad es el motor;
el entendimiento, el mentor;
y la memoria, el equipaje.
¡Y sin equipaje no hay viaje!




Dublín, abril 2010.
Artículo original en ReLectura.
Fotos tomadas por Eduardo Cedeño.

Monday, August 16, 2010

CRÓNICAS DE LA GASTRONOMÍA PERUANA

Las pasadas Crónicas de la anti-lectura causaron un poco de revuelo porque algunos de los seguidores de ReLectura esperaban una franca y abierta promoción de la actividad literaria. Otros se ofendieron porque le achaqué a la maternidad mi falta de compromiso con las letras. Para tratar de resarcirme con uno y otro grupo, aquí les va otra crónica que trata de combinar la monotonía de la rutina doméstica con el incentivo a la lectura.
Aprovecho para felicitar de corazón a aquellas mujeres que pudieron leer, hacer postgrados, escribir libros, viajar y ganar premios mientras amamantaban y criaban muchachos. Pertenecen, sin duda, a otra casta. Yo, por mi parte, desahogo mis frustraciones literarias en la cocina. Sin darme cuenta, me he transformado en mi abuela. “El niño tiene que alimentarse bien y variado”. La nevera, siguiendo los lineamientos filosóficos de Guaco, siempre debe estar full. De este modo, lo que comenzó como una afición es ahora una obsesión. Las pocas veces que tengo chance de ir a una librería, paso de largo los estantes con las novedades en ficción, biografías e historia. Voy derecho a la sección de cocina. Mi faceta literaria puede haber disminuido, mas no así mi biblioteca culinaria o mi cintura…

Pero volviendo al asunto que nos ocupa… Hace algún tiempo, el maestro Luis Yslas lanzó en Facebook una de sus preguntas filosóficas: “¿Qué quieres ser cuando seas grande?” Sin pensarlo dos veces, respondí “peruana”. Muchos quieren viajar al Perú a conocer Machu Picchu, Cusco, Nazca. Yo no. Yo quiero pasear por Miraflores, ir a almorzar al Club Nacional o a la Rosa Náutica. Quiero echarle un ojo al Leoncio Prado, ver el cielo gris de Lima (“la ciudad más fea de América”, mi papá dixit). Yo quiero comer chifa, causa, ají de gallina, carapulcra, ocopa y tacu tacu. Quiero tomar chicha morada y pisco sour (aunque todos sabemos que el pisco es chileno, mi abuelo dixit). El origen de mi fascinación por lo peruano se debe, sin duda alguna, a Don Mario, pero de él hablaré más adelante. Aparte de Don Mario y sus enseñanzas, he tenido la suerte de conocer a peruanos maravillosos que me han hecho ver que, salvando ciertas distancias históricas, somos la misma porquería. El mantuanismo limeño es igual al caraqueño. El show de la política no es muy diferente tampoco. Ellos tienen a la Chola Chabuca, nosotros a Perolito y Escarlata. Ellos tenían al loco Abimael, nosotros tenemos otro tipo de locos que no hace falta mencionar. La gran diferencia, a mi parecer, resta en los escritores y en la cocina…
Digan lo que digan (y que me perdone mi querido profesor Sandoval), en Venezuela no se ha producido nada del calibre peruano. No es mi tarea en esta pequeña crónica indagar por qué razones socio-históricas Perú ha producido a tipos como el Inca Garcilaso de la Vega, Guamán Poma de Ayala, Ricardo Palma, José Carlos Mariátegui, César Vallejo, José María Arguedas, Ciro Alegría, Julio Ramón Ribeyro y un largo etcétera. Sin mencionar a Alonso Cueto, Iván Thays, y tantos otros escritores contemporáneos que se me están escapando por el exceso de progesterona en mi sistema…  
Qué ha hecho que Perú figure en el mapa literario, en especial en los últimos cien años, me resulta tan misterioso como entender por qué la cocina peruana no es más conocida e imitada. Supongo que la falta de promoción se debe a un tema de geografía. Si Perú fuera el vecino de Estados Unidos, la historia sería muy distinta. Tal vez no se hablaría de Tex-Mex, sino de Inca-Tex, o algo por el estilo.  
Como en el resto de América Latina, la cocina peruana es un papiamento de ingredientes y sazones. Se encuentran muchos elementos europeos (las aceitunas negras y el huevo duro, por ejemplo, suelen coronar una buena cantidad de platos), pero no faltan los ingredientes autóctonos: la palta (nuestro aguacate), el achiote (nuestro onoto), variedades impensables de papa y maíz, y el secreto de la sazón peruana: el ají. Amarillo, rocoto (que en los Andes venezolanos se conoce como ají forote), mirasol, panca… La lista es larga y deliciosa. A diferencia de la cocina mexicana, que suele secar y tostar los “chiles”, en la gastronomía peruana la norma es la pasta de ají (un licuado de ají, algunas especias y vinagre). Lo que más llama la atención es la sutileza del picante peruano, que no opaca el sabor de la comida y que le confiere a sus platos otra dimensión (junto con el toque ácido del limón o del vinagre). Ni hablar de la cantidad industrial de platos con pescados y mariscos (no en vano Perú tiene 2.414 km de costa pacífica). 
Pero hay más aún: la chifa. Así se le llama a la fusión de comida china cantonesa con la sazón peruana. La historia no es muy complicada: entre finales del siglo XIX y principios del XX, una oleada migratoria llevó a los llamados “culis” (o coolies) hasta la costa del Perú a trabajar en la construcción del ferrocarril y en haciendas algodoneras y azucareras. Los chinos se fueron adaptando al clima y a los ingredientes, incorporando al mismo tiempo elementos propios, tipo la salsa de soya, jengibre y otros vegetales antes desconocidos en la región.
Si el lector está interesado en recomendaciones particulares, aquí les van cuatro platos peruanos que no se pueden perder:

Primero en la lista, el ají de gallina es el Vargas Llosa de la cocina peruana: clásico, picante, lleno de textura, nutritivo. Se trata de un plato fuerte que amalgama ingredientes europeos y americanos: pollo, ají mirasol, nueces, papas, huevo, aceitunas. Cada familia tiene su lectura de este plato: está la versión picantosa con un toque extra de ají mirasol, al mejor estilo de Pantaleón y las visitadoras. La versión más balanceada, La ciudad y los perros, la que tiene una salsa cremosa que sirve de hilo conductor para el resto de los ingredientes, nueces crujientes que rompen con la voz monótona y la suavidad del pollo y la papa, la ocasional aceituna que interrumpe los sabores tradicionales y le da un giro inesperado al plato. También hay versiones no ortodoxas, para paladares más exquisitos, como el ají de langostinos, o los ensayos críticos de Don Mario (García Márquez, historia de un deicidio, La orgía perpetua: Flaubert y “Madame Bovary”, La tentación de lo imposible, tantos otros). En cualquiera de sus facetas, el ají de gallina, así como Don Mario, nunca decepciona.  


En segundo lugar, el conocido ceviche es tipo Jaime Bayly: mucha cebolla, o mucho limón, o el pescado medio pasado, pueden arruinarlo en segundos; pero si todo está en armonía, es irresistible, sexy y refrescante. No es para todo el mundo, sin duda alguna. Hay quienes tienen alergia a los ingredientes, hay quienes no soportan la cebolla, las rodajas de ají picante (o, siguiendo la analogía literaria, el tema homoerótico de Bayly). Es cuestión de probar (con un antialérgico en la mano, por si acaso).  
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Mi tercera recomendación tiene un equivalente en nuestra propia jerga: los pinchos peruanos se llaman anticuchos. Tal como Santiago Roncagliolo, son sencillos pero no se pueden dejar de probar, y los hay para todos los gustos –de pollo, de carne, de pescado, novelas, cuentos, reportajes–. Lo mejor, a mi parecer, es la salsita… Cualquiera puede ensartar un trozo de carne en un palito, pero el secreto está en cómo se aliña y qué salsa lo debe acompañar. Jalpahuaica, huacatay, salsa de ají amarillo, la ironía, el humor, la reflexión. Como al anticucho, a Roncagliolo hay que dejarlo marinar. Hablemos en 10 años…


Por último, las papas a la huancaína son a la gastronomía lo que Bryce Echenique a la literatura: ricas pero pesadas. Hay que tener buena disposición de estómago para poder degustarlas (como Reo de la nocturnidad). Las papas a la huancaína se bañan con una salsa cremosa hecha a base de ají amarillo, galletas de soda y leche evaporada. Se acompañan con huevo duro y aceitunas negras. Son engañosamente sencillas, pero tienen muchísima sustancia y dan cuenta del mestizaje peruano (como Un mundo para Julius). Para saber de qué se trata la comida peruana, hay que probar las papas a la huancaína, sin lugar a dudas.

Si aún siguen con ganas de leer y comer, y ya que prometí una clara promoción de la lectura, he aquí mi recomendación final: El arte de la cocina peruana, de Tony Custer (con página web y todo: http://www.artperucuisine.com). Sin ánimos de ofender a los patrioteros y a los amantes del golfeado y el cachito de jamón, yo canjearía –sin pensarlo dos veces– un asado negro por un adobo de chancho, o unas hallacas por un seco de cordero; Casas muertas por La casa verde, o La enfermedad por Abril rojo. Para gustos, la cocina y la literatura.


Dublín, enero 2010.
Artículo original en ReLectura.