Friday, August 13, 2010

CRÓNICAS DE LA ANTI-LECTURA

La peor enemiga de la lectura es la maternidad. La biblioteca se convierte en la sala de espera de un consultorio pediátrico: Padres hoy, Qué esperar cuando estás esperando, Sopa de pollo para el niño traumatizado, Lenguaje de señas para bebés, Baby Mozart de fondo. Atrás quedan los días en que se podía saltar varias comidas para terminar la novela que tanto atormentaba. Lejanas son las noches de madrugonazo por culpa de “un capítulo más”. Facebook se convierte en la fuente más confiable de actualización cultural. Pedro Pérez acaba de terminar la última novela de Coetzee. 5 people like this. Varios comentarios (pretensiosos, la mayoría) nutren la falta de debate literario y se atesoran con fervor porque no incluyen palabras como “salpullido”, “Pampers”, “depresión post-parto” o “portabebé”.

Toda esta introducción para explicar que, aunque muy halagada por la invitación de Luis Yslas para escribir alguna reseña en ReLectura, sólo puedo, en su lugar, hacer una crónica de lo que no leo o de lo que no debo leer en esta etapa de mi vida. De cómo mi criterio de lectura ha cambiado considerablemente. Muchos incrédulos insisten: “aprovecha que pasas más tiempo en casa, lee todo lo que puedas”. Lo que la gente no sabe es que, aparte de la falta de tiempo, la maternidad también embrutece. Hoy por hoy mi criterio de lectura es bastante primitivo: no me comprometo a leer nada más largo de 100-120 páginas (y que no requiera de demasiada agudeza para seguir complicados árboles genealógicos, saltos temporales o juegos de voces narrativas). Y sólo clásicos, porque no soporto el remordimiento de conciencia si pierdo el tiempo con basura. Pero tampoco los clásicos son garantía de nada… 

En estos días mi relación con Eduardo Sánchez y Lautaro Sanz se deterioró vertiginosamente cuando tuve la brillante idea de pedirles recomendaciones. Por favor, Lautaro, ¿a quién se le ocurre que una mujer recién parida quiere leer las tribulaciones de un viejo andropáusico al que mandan al cuerno por patán? No, El viaje vertical (2000) no es un buen libro, y la introspección de Federico Mayol me pareció poco memorable. Soledad, padres recalcitrantes, hijos ingratos, viajes a destiempo… Vila-Matas pasa a la lista negra de Mamá Carabobo.

Y Sánchez, todavía me debes los 12 euros que malgasté con Nocturno de Chile (2000) ‒también en esta época de crisis hay que cuidar la economía familiar y velar por el futuro de los hijos‒. Justo antes de dar a luz, se experimenta una cosa extrañísima que los gringos llaman nesting. En pocas palabras, la progesterona enloquece a la mujer y hace que “arregle el nido” para el polluelo que está por llegar. Pero el nesting no se limita a desempolvar y reorganizar el clóset. También le impone a uno un sentido del orden que empapa todas las facetas de la vida. Así que cuando, por recomendación de mi ex-amigo Eduardo, leí a Bolaño, su desastre estilístico me volvió loca. Las interminables redundancias y peroratas de Sebastián Urrutia Lacroix, las mañas estilísticas de su creador, la puntuación pobre e inconsistente me sacaron canas (aunque sí debo confesar que me divertí con algunos pasajes de la novela). Yslas dice que Los detectives salvajes es un libro mucho mejor logrado, que me reivindicará con el chileno, pero no le creo o, en todo caso, no quiero arriesgarme a perder otro amigo. Bolaño está vedado (al menos hasta que los hijos se vayan a la universidad).

Desencantada, pues, con la literatura convencional, busqué alternativas. Cayó en mis manos un libro delicioso llamado Blood River, de Tim Butcher (2007), que trata de las aventuras de este periodista inglés quien sigue la ruta de H. M. Stanley por el Río Congo, alternando la crónica de viajes con la historia y el reportaje periodístico. La selva exótica, los peligros del tercer mundo, la reflexión ante la inexorabilidad de la codicia humana chocan brutalmente con las cuatro paredes en las que la nueva madre se encuentra encerrada. No es buena idea leer este libro si la lectora aún está lidiando con los nuevos requisitos para escoger las aventuras vacacionales: cambiadores en los baños, fórmula a la venta en cualquier esquina, que no haga demasiado calor ni demasiado frío… La lista es larga y poco alentadora. Iré al Congo en otra vida. 

Otro libro que NO recomiendo durante la maternidad es The plot against America / La conjura contra América, de Philip Roth (2004). Las vicisitudes de la América antisemita y los conflictos de la familia clase media gringa, narrados con el candor de la niñez y un nivel de detalle maravilloso, Lindberg, FDR, Hitler, el carácter aparentemente autobiográfico de la novela, todo esto revuelto con el trasnocho y la lactancia materna hace que la línea divisoria entre ficción y realidad se desvanezca. No es de extrañar si más de una nueva madre cree que, efectivamente, Lindberg fue presidente de Estados Unidos y que muchas familias judías tuvieron que refugiarse en Canadá antes del retorno triunfal de FDR y el reestablecimiento del orden americano. Con la maternidad, todo se toma muy a pecho (literal y literariamente…)

The Road / La carretera (2006) es otro golpe bajo. La visión post-apocalíptica de Cormac McCarthy remueve todas las fibras de la recién descubierta maternidad. Las estocadas son sutiles, la simpleza de la frase es inversamente proporcional al impacto del contenido. A través del viaje por una tierra muerta, la relación de un padre y un hijo famélicos y la reconstrucción de un pasado decadente destrozan sin piedad al lector hormonal.
Pero a pesar de este exilio forzoso del mundo de la lectura, me siento reivindicada. Hace poco leí una entrevista que publicó la revista alemana Spiegel con Umberto Eco, en la que se discutía la última empresa del escritor: “Mille e tre” o “La infinitud de las listas”, una exhibición en el Louvre que explora el significado de las listas a través de la historia.  Eco afirma que incluso las listas domésticas generan cultura y son un desesperado intento por romper con los límites del lenguaje y de nuestra propia mortalidad, por asir la infinitud del universo. Sublime. De este modo, mis listas del mercado, mis frases a medias en retazos de papelitos, mi wish list de Amazon con todos los libros que quiero pero no puedo leer, están acercándome al infinito. Afortunadamente para mí, la maternidad es una constante enumeración también.  Se apilan sobre mi mesa de noche, ya sin vergüenza, Kazuo Ishiguro, Douglas Coupland, Vasili Grossman y Rafia Schami. Tengo la certeza de que con ellos también me pelearé.
No ha sido fácil cambiar los criterios y los gustos literarios, el modo de leer (e incluso de escoger un libro, porque no vaya usted a creer que visitar librerías es tarea fácil con pañaleras, coches, pasillos estrechos y niños tocones). Sin embargo, no todo cambio es necesariamente malo. Supongo que ahora valoro más lo poco que leo (y lo que me falta por leer), aunque me dé vértigo, me aleje de viejas amistades, perturbe mi nuevo sentido del orden o me destroce anímicamente. Parafraseando a Eco: el que no cambia es un idiota. 


Dublín, noviembre 2009.
Artículo original en ReLectura.

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